jueves, 3 de enero de 2013

Pensamientos en el Ponts des Arts

Llevo pensando durante muchos años que yo no soy muchacha de besos. Besos. Besos que llevan un tercio de mi vida remoloneándome, rozándome, aterrizándome con la más tediosas de las perezas. Besos que no son besos, que son llamadas de atención, besos que son caricias a un perrito, besos sin salsa rosa ni azúcar, sin agri, sin dulce y muchos menos picante... besos sin pasión y con menos amor. Besos que escondían alguna lágrima que jamás fue descubierta, allí nació, resbaló y murió. Y jamás nadie lo supo. Besos que ni en la ciudad del vino y el amor se incendiaron de lujuria. Y yo siempre esquivándolos, devolviéndolos a base de golpes de una fugacidad encubierta con risas tontas y excusas de manual. No, yo no soy muchacha besos. De esos besos.
- "Pero sí de otros" - me susurró una gaviota que paseaba coqueta por la barandilla del Pont des Arts.

Y érase que se era una muchacha (en obras) que comenzó a sentir una imperiosa necesidad de besar aquí y allá. De abrazar, de tocar, de rozar, de experimentar, de saborearlo todo, como un bebé que comienza a distinguir los colores, las formas y su propia voz. Quiero besar, y que me besen. Que me abracen con fuerza, que la energía de otra piel sobre la mía me haga llorar. He pegado con cinta aislante y pattex los chakras que estaban rotos desde hace tanto tiempo y resulta que todo vuelve a su ser, que tengo un alma, que late más rápido y con más fuerza que mi corazón, que está viva, no murió, sólo estaba dormida, amordazada y encerrada a cal y canto dentro de un cajón oscuro perdido por ahí, por dentro de mí... 
                   

...y resultó que era yo quien tenía la llave.




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